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(Cacheado)

La palabra pertenece también a las aguas. Lo que el agua transporta puede depositarse, mezclarse con otras materias y formar una nueva capa. Pero sedimentar no significa quedar quieto: una lluvia, una corriente o una alteración del suelo pueden volver a poner esos materiales en circulación.

La ceniza no permanece donde el fuego la dejó: el agua puede volverla sedimento. En la investigación sucede algo semejante. Recoger no es archivar, ni sedimentar es acumular sin más. Es permitir que los materiales se depositen, se encuentren y puedan volver a moverse.

La pieza de fieltro volvía a aparecer aquí de otra manera. Una hebra sola no decía demasiado. Al cruzarse con otras, comenzaba a adquirir espesor. Algunas quedaban visibles, otras desaparecían en el interior. La superficie se formaba por acumulación, presión, humedad y contacto.

También las convivencias funcionan así.

No consisten solamente en compartir un mismo espacio. Implican dejarse tocar por la presencia de otrxs. Algo puede volverse visible porque alguien más lo mira, porque otra sensibilidad lo señala, porque una conversación desplaza aquello que creíamos estar observando.

Esto supone sensibilizarse hacia otros lenguajes, aprender a escuchar aquello que se manifiesta sin pasar por la palabra. La frase que vuelve una y otra vez —tenemos tanto para decirnos, pero el sonido del agua hace difícil hablar— termina funcionando casi como una metodología. El agua no interrumpe la conversación: introduce otro lenguaje.

Algo se conoce porque se está con ello y porque se aprende a percibir cómo se manifiesta.

En esa convivencia aparecen también distintos tiempos.


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El andar atraviesa y enlaza distintos microrritmos. Hay momentos de insistencia y otros en que la latencia se vuelve necesaria. Una corriente, una sombra que se alarga, el tiempo que tarda una piedra en enfriarse, reconfiguraciones de la vida comunitaria tras los incendios, una raíz en abrirse paso, un olor en desaparecer, una ceniza en asentarse, una nube en cambiar de forma, un cuerpo en recuperar el aliento, tienen duraciones diferentes. Algunas se desplazan casi imperceptiblemente, otras irrumpen, se demoran, se superponen o permanecen en desfase.

El ritmo aparece menos como una estructura que ordena que como la coexistencia de distintas duraciones, intensidades y pulsaciones.

Investigar es dejar que esos ritmos tengan consecuencias sobre el propio recorrido.

Y entonces, el ritmo es lo que permite que una trama se forme conservando sus diferencias.

Durante estos días, el andar estuvo guiado por una lógica tan precisa como sencilla. Nos dejamos orientar por algunas de las operaciones de la cuenca: infiltrar, modular, oxidar, descomponer, confluir, hospedar.

Cada una podía aparecer en distintos momentos y escalas: el agua infiltrando una roca. Un cuerpo modulando su velocidad. Un muelle oxidándose. Una materia descomponiéndose. Dos aguas confluyendo. Un territorio hospedando aquello que llega.

Las operaciones de la cuenca fueron haciendo visible una gramática de las aguas.

Una gramática hecha de relaciones, desplazamientos, ritmos y transformaciones. Una gramática que se reconoce siguiendo aquello que las propias aguas hacen.

Y quizá ahí se encuentre otra forma de orientación.
La capacidad de cambiar de posición.

El poniente adquiere entonces una fuerza particular. Es la dirección hacia la que estas aguas encuentran su salida al Pacífico, pero también el lugar donde la luz desciende y las cosas comienzan a perder nitidez. El poniente introduce una orientación geográfica y, al mismo tiempo, una condición sensible: obliga a ajustar la mirada cuando aquello que observamos comienza a retirarse.

Girar para orientarse. Orientarse aceptando que la dirección puede cambiar.