Esa confianza se sostiene en una sensibilidad capaz de percibir qué orienta el recorrido a medida que este sucede. Durante estos días, una variación mínima, una rama que cede, una persistencia, un cuerpo que se deja caer, una conversación o un material encontrado podían modificar la atención.
Un giro puede ser una pequeña torsión en la percepción: una pregunta que se desplaza, una relación que aparece, algo que cambia de posición y nos obliga a cambiar con ello.
Un muelle colapsando ofrece un giro. Deja de ser una obra sobre el lago para convertirse en un sustrato del propio lago. Las bacterias, el agua, la temperatura y el metal componen otra infraestructura, una que no estaba en los planos.
El giro cambia la dirección. Y cambia las condiciones desde las que algo puede ser percibido.
Para que algo pueda producir ese desplazamiento, primero hace falta atender a aquello que no necesariamente se impone. Hay fuerzas que trabajan de manera lenta, lateral, casi imperceptible. No reclaman inmediatamente nuestra atención. Se manifiestan en intensidades menores.